miércoles, 5 de junio de 2013

AMAR EL MAL





A veces me preguntaba que destino fuera de mi destino tendrían los actos.

Fuera de mí todo carecía de sentido y entendía que todo era puro desplazamiento y que no tendría otra salida que la salida al mar y dejarme estar a la deriva.

Caer desde no se sabe dónde, en cualquier lugar, eso era lo que me venía ocurriendo desde los años de la adolescencia donde el futuro era sólo la cercanía de los que rodeaban, donde las preguntas eran con quienes habitaría el mundo de las noches.

Un severo desprecio por la violencia y por lo que se tuerce, me acompañaban también desde hace mucho y hacían que no prestase tanta atención a las habladurías ni a los malos consejos de los que se acercaban para que yo pudiese reconocer que ese amor era imposible porque el tenía una estructura familiar armada y yo sólo era su ventana de oxígeno por la que se asomaba de tanto en tanto para poder mirar el horizonte y el declinar del sol, en esas tardes crepusculares que evocaban su caída.

El reino de los cielos había descendido y se instalaba en los pormenores de su vida cotidiana formada por el padre, el hijo, y una mujer sin espíritu que lo había perdido todo en nombre de esa santidad lograda que era la familia.

Yo había aparecido como un ángel, mas allá de los demonios, un mediodía iluminado de los veranos de esta ciudad que se mezclaba con la algarabía de mis faldas al viento y el color afiebrado de los estampados sobre la piel dorada por el sol, y alegre por la proximidad de las tardes estiradas, húmedas hasta un anochecer vivido en las terrazas públicas habitadas de cielos y de estrellas.

Yo amaba el mar, y la terquedad de sus mareas que me acercaban y me alejaban. Yo no quería amar más que a la vida, sin integrar ninguna dramática personal tomada al pié de la letra, porque presentía que todos los lugares se movían de lugar, que nadie tiene la última palabra, porque la última palabra no es la última sino sólo la posibilidad de un punto.

Yo tenía una muerte aliviada por la posibilidad de la escritura y comenzamos así nuestra novela por entregas que tenían la periodicidad desobediente que tienen los actos que se rigen por las ganas de estar dentro de la escena.

Todo iba tomando el tono del verano y nuestros encuentros tenían el vértigo del amor cuando recién se inicia.

Esa noche había salido a caminar sin ninguna intención que me llevase a algún lugar determinado. Me atrajeron las luces y la alfombra roja que descendía por las escaleras de esa casa de piedra donde se jugaba y sin pensarlo demasiado entré a la sala de juegos donde los desafiantes hacían sus apuestas.

Ví como pasaban ante mí las cartas que tenían el peso de encarnar a la nada, transformando a la nada en apariencia, ese vuelco del corazón dando cuenta de un vacío.

Sobre el tapete se descubrían y alineaban sumando cifras o restando presencias. Hice mi apuesta mirando el verde y mi mirada se sacralizó en el juego haciéndome sentir que tenía la suerte de mi lado porque yo y Dios éramos la voluntad que dominaba.

Algunas fichas comenzaban a apilarse a mi costado y algunos jugadores comenzaron a seguir mi jugada que cada vez se hacía mas invencible, hasta que se impuso el cambio del pasador que se alejó derrotado.

Mis ojos seguían brillando sin pudor y comenzamos nuevamente la ronda con las cartas tiradas débilmente por quien esperaba ser derrotado nuevamente.

Volví a ganar y toda la mesa estalló en carcajadas que festejaron la continuidad del desorden que establecía mi buena racha.

Levanté la mirada y lo miré. Habíamos estado juntos en la mañana, con la luz y el canto de los pájaros. Habíamos estado escribiendo nuestra historia y sufrido la imposibilidad de estar juntos que la vida nos planteaba. Habíamos hablado de nuestro amor y del futuro.

Ahora estaba frente a mí, mirándome con esos ojos que desconocía.

Toda la luz era la Noche que envolvía sus manos y su cara fue tomando la dureza de las curvas marcadas de a poco por sus gestos.

Algo de lo demoníaco se instaló en su mirada y el mal comenzó a hacer sus estragos. Nos encontramos en él y quedé nuevamente fascinada. Había aceptado el desafío de mi juego, había entendido, y me sumergió en cada paso en un abismo donde yo apostaba a ganar y perdía siempre, y el apostaba a mi angustia y ganaba siempre.

Tuve que abandonar la mesa, me quedé por ahí, volvía a apostar en otra mesa y volví a perder, al mismo tiempo que comencé a reírme sin poder detenerme, como habiendo descubierto una alegría. Mi Dios me perseguía pero yo había abandonado a mi Dios. Me había separado.

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